Acerca de David Cronenberg y El almuerzo desnudo (traducción)

Acerca de David Cronenberg y El almuerzo desnudo.

por William S. Burroughs.

 

Yo me encontraba en Tanger en 1954, escribiendo cartas a mis amigos Allen Ginsberg y Jack Kerouak e intentando trabajar en mi tercera novela. Mi primera novela Yonqui había sido publicada el año anterior, y mi segunda novela, Marica, había sido dejada de lado como impublicable. Al mismo tiempo, no tenía idea que la novela que estaba escribiendo, llamada entonces Interzona, sería alguna vez publicada, y mucho menos hubiera podido imaginar que sería interpretada por un aclamado director de cine alrededor de treinta y cinco años después. Es la clase de cosas que pueden suceder si vives lo suficiente. ¿No es la vida peculiar?

“Estoy teniendo serias dificultades con mi novela. Te diré que la forma novelística es completamente inadecuada para expresar lo que tengo que decir. No sé si puedo encontrar una forma. Veo muy sombrías las perspectivas de su publicación.” (carta a Kerouak, 18 de agosto de 1954). Pero El almuerzo desnudo fue eventualmente publicada, en París en 1959, luego en Inglaterra y Estados Unidos, algunos años después, y ahora se imprime en dieciséis idiomas.

Es probablemente una subestimación el decir que es obvio que la novela no se presta para una adaptación a la pantalla: posee docenas de personajes, algunos de los cuales han sido desarrollados más allá de su apariencia inicial; la acción ocurren en varias ciudades alrededor del mundo; está compuesta de muchas pequeñas, fragmentarias y caleidoscópicas escenas; y no hay un argumento tradicional. Es una novela con una gran cantidad de diálogo, y la regla del cine es que se trata de movimiento con un mínimo de diálogo.

Pero en 1970, cuando estaba viviendo en Londres, dos de mis amigos más cercanos, el ya fallecido Brion Gysin y Anthony Balch se propusieron hacer la adaptación fílmica. Antony había hecho algunas películas experimentales con Brion y conmigo, Hacia fuego abierto El corte son algunas de ellas. Brion escribió un guión para El almuerzo desnudo repleto de burlesque e incluía una serie de canciones de comedia musical compuestas por él. Luego de cuatro años de seguir caminos que no llevaban a ninguna parte, el proyecto fue abandonado. En 1979 Frank Zappa vino a mí con la idea de El almuerzo desnudo como un musical de Broadway. Esto me sorprendió –y lo hace todavía– como una idea germinal, pero no fue así.

A principios de los años ochenta atrajo mi atención que David Cronenberg estaba interesado en El almuerzo desnudo. No siendo un ávido aficionado al cine, no estaba al tanto de su obra –pero conforme aprendí acerca de sus películas, comencé a entender su atracción hacia mi novela y a apreciar sus considerables logros como cineasta. En febrero de 1984 nos reunimos por primera vez, en Nueva York, y quedé favorablemente impresionado con las ideas de David para el proyecto.

También me sentí aliviado de que David no me pidiera escribir o co-escribir el guión, ya que estaba seguro de que no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Los escritores son propensos a creer que pueden escribir un guión cinematográfico, sin darse cuenta de que el propósito de los guiones no es el de ser leídos, sino actuados y fotografiados. Luego de haber batallado a mi manera con Las últimas palabras de Dutch Schultz, por lo menos aprendí esa lección.

En enero de 1985 Jeremy Thomas organizó una visita a Tanger con David, el asociado de Jeremy, Hercules Banville, mi secretario James Grauerholz, y yo. Yo no había vuelto a Tanger desde 1972, y David nunca había estado allí. Para mí, la ciudad era difícilmente reconocible –el bar Parade había sido cerrado, y con la excepción de mi viejo amigo Paul Bowles, no quedaba nadie de finales de los años cincuenta. Pero suficiente de la magia quedaba para David, para formar en él algunas impresiones duraderas.

Primero leí el guión de David hacia la Navidad de 1989. Mi reacción inmediata es que había confeccionado una obra maestra del thriller en base a los dispares elementos de la novela, eligiendo algunos y descartando algunos otros y aprovechando algunas partes de mis otros libros Exterminador! y Marica. Es un axioma que la novela y el cine son medios muy diferentes, y especialmente en el caso de una novela como esta, sin una aparente estructura cinemática. Sentí, y siento todavía, que el guión de David es fiel a su propia Musa como cineasta, muy consistente con el alto nivel artístico por el que es conocido, y en general la más admisible interpretación de la novela y de mi cuasi-autobiográfico, aunque ficticio protagonista, “Bill Lee”. Sentí también que David y yo estábamos en deuda con Jeremy Thomas por su coraje y constancia para traer esta película a su terminación.

Yo estaba consternado, naturalmente, al ver las escenas que David escribió en las cuales “Bill Lee” le dispara a su esposa “Joan”; pero reflexionando, sentí que las escenas en este guión son tan diferentes de los trágicos y dolorosos episodios de mi propia vida en los que se inspiró que ninguna persona inteligente puede confundir la película con un relato de los hechos. Me reconcilié con la idea de que debía, como dice el dicho, “confiar en el director”.

Por razones mejor conocidas por mí mismo, David decidió tratar la homosexualidad de “Lee” como un inoportuno incidente de las circunstancias y de la trama más bien que como una característica innata. Si el por qué de esto es la propia heterosexualidad de David, o su evaluación sobre el lanzamiento de una película de varios millones de dólares, o debido a otros factores, no podría decirlo. Probablemente él, como artista, simplemente no encontró este aspecto de “Lee” significativo para la historia que quería narrar en la película.

La sustitución de David por drogas imaginarias –tales como el polvo insecticida, la carne negra y el semen de Mugwump– de las más bien mundanas heroína y marihuana representadas en la novela es un golpe maestro. Una de las ideas centrales de la novela es que la adicción puede ser metafórica, ¿y qué podría subrayar esto mejor que evitando mostrar en la película los verdaderos narcóticos? Claramente, lo que interesa a David sobre El almuerzo desnudo fue la idea de que el protagonista se encuentra reclutado como un agente de fuerzas cuya identidad y propósitos son todo menos claros para él. La creciente adicción de “Lee” a estas sustancias ficticias es parte meramente de un escenario más grande en el que se encuentra reclutado de manera reticente e involuntariamente por estas fuerzas invisibles.

Como esta película –realizada en una atmósfera de mutuo respeto y camaradería por el director y los productores– está próxima a exhibirse, siento tanto aprensión como emoción. Espero que sea tan buena como creo que será y tan bien recibida como lo espero. Espero que mis lectores juzguen la película como algo separado de la novela y que quizás de este modo pueda encontrar nuevos lectores.

Un vez preguntaron a Raymond Chandler: “¿Cómo se siente respecto a lo que Hollywood ha hecho a sus novelas?” Según las fuentes, respondió: “¿A mis novelas? ¿Por qué? Hollywood no les ha hecho nada. Siguen allí, en las estanterías.” El almuerzo desnudo de David Cronenberg es un esfuerzo valiente y ambicioso. Estoy ansioso por verlo pronto en la gran pantalla.

 

Septiembre de 1991

 

On David Cronenberg and Naked Lunch

by William S. Burroughs

I was in Tangier in 1954, writing letters to my friends Allen Ginsberg and Jack Kerouac and trying to work on my third novel.  My first novel, Junkie,  had been published the year before, and my second novel, Queer, had been put aside as unpublishable. At that time I had no idea that the novel I was writing, the caller Interzone, would ever be published, and much less could I have imagined that it would be interpreted by an acclaimed film director some thirty-five years later. Such are the things that can happen if you live long enough. Isn’t life peculiar?

“I’m having serious difficulties with my novel. I tell you the novel form is completely inadequate to express what I have to say.  I don’t know if I can find a form. I am very gloomy as to prospects of publication” (letter to Kerouac, August 18, 1954). But Naked Lunch was eventualy published, in Paris in 1959, the in England and the U.S. a few years later, and it is now in print in sixteen languages.

Is probably an undestatement to say that the novel does not obviously lend itself to adaptation for the screen: it has dozens of characters, few of whom are developed beyond their initial appearence; the action is set in cities all over the world; it is composed of many small, fragmentary, kaleidoscopic scenes; and there is no traditional story line. It is a novel with a great deal of talk, and the rule of film is that movies move, with minimal talk.

But in 1970, when I was living in London, two of my closest friends, the late Brion Gysin and Anthony Balch, set out to adapt it for film. Anthony had made a number of short experimental films with Brion and myself, Towers Open Fire and The Cut-Ups among them. Brion wrote a screenplay for Naked Lunch that was long on burlesque and included a series of music-hall comedy songs that he composed. After four years of following leads to went nowhere, that project was abandoned. In 1979 Frank Zappa came to me with the concept of Naked Lunch as a off-Broadway musical. This struck me –and still does– as a pregnant idea, but it was not to be.

In the early 1980s it came to my attention that David Cronenberg was interested in Naked Lunch. Not being an specially avid filmgoer, I was unaware of his work –but as I learned about his films, I began to undestand his attraction to my novel, and to appreciate his considerable accomplishments as a filmmaker. In February of 1984 we met for the first time, in New York, and I was very favorably impressed with David’s ideas for the project.

I was also relieved that David did not ask me to write or co-write the screenplay, as I am sure I would have no idea how to do so. Writers are prone to think they can write a film script, not realizing that film scripts are not meant to be read, but acted and photographed. After fighting my wat through The Last Words of Dutch Schultz, I had at least learned that lesson.

In January 1985 Jeremy Thomas organized a visit to Tangier with david, Jeremy’s associate Hercules Bellville, my secretary James Grauerholz, and myself.  I had not been back to Tangier since 1972,  and David had never been there.  To me, the town was hardly recognizable –the Parade Bar was closed, and with the exception of my old friend Paul Bowles, there was almost no one still there from the late 1950s. But enough of the magic of the place remained for David to form some lasting impressions.

I first read David’s script around Christmas of 1989. My immediate reaction that has he was crafted a masterfull thriller from the disparate elements of the novel, choosing a few and discarding many others, and drawing upon parts of my other books Exterminator! and Queer. It is axiomatic that novels and films are two very different mediums, and specially in the case of a novel like this one, with apparently no cinematic structure. I felt, and still feel, that David’s script is very true to his own Muse as a filmmaker, very consistent with the high level of artistry for which he is known, and all in all a most admissible interpretation of the novel and of my quasi-autobiographical, but fictional, protgonist, “Bill Lee”. I also feel that David and I are indebted to Jeremythomas for his courage and steadfastness in bringing this unique film to completion.

I was dismayed, naturally, to see the scenes that David wrote in which “Bill Lee” shoots his wife, “Joan”; but on reflection, I feel that the scenes in his script are so different from the tragic and painful episodes in my own life from which he drew his inspiration that no intelligent person can mistake the movie for a  factual account. I reconcilied myself to the idea that I must, as the saying goes, “trust the director”.

For reasons best known to myself, David choose to treat “Lee’s” homosexuality as a somewhat unwelcome accident of circunstance and plot, rather than an innate characteristic. Wheter this is because of David’s own heterosexuality, or his assesstment of the realities of making and releasing a multimillion-dolar movie, or to other factors, I cannot say.  Probably he simply did not, as an artist, find that aspect of “Lee” to be significant to the story he wanted to tell in the film.

David’s substitution of imaginary drugs –such as bug powder, the black meat and Mugwump jissom– for the rather more mundane heroin and marijuana depicted in the novel is a masterstroke.  One of the novel’s central ideas is that addiction can be metaphorical, and what could undescore this better than the film’s avoidance of actual narcotics? Clearly, what interested David about Naked Lunch was the idea that the protagonist finds himself conscripted as an agent or operative of forces whose identity, and purposes, are anything but clear to him.  “Lee’s” scalating adiction to these fictional sustances is merely part of a larger scenario in which he es unwillingly enlisted by these unseen forces.

As this movie –developed in an atmosphere of mutual friendship and respect for the director and producers– nears release, I feel both apprehension and exhilaration. I hope it will be as good as I believe it to be, and as well receibed as I expect it would be. I hope that my readers will judge the film as something quite apart from my novel, and that I may perhaps find some new readers thereby.

Raymond Chandler was once asked, “How do you feel about what Hollywood has done to your novels?”. He reportedly answered, “My novels? Why, Hollywood hasn’t done anything to them. They’re still right there, on the shelf.” David Cronenberg’s Naked Lunch is an ambitious and daring effort. I look forward to seeing it on the silver screen.

 

—-September 1991

 

Pavimentos de concreto liso articulado (post)

PAVIMENTOS DE CONCRETO LISO ARTICULADO

Pese a la existencia de una gran variedad de pavimentos de concreto, todos compartes dos importantes características:
– Ambos resisten las cargas de tráfico gracias a la flexión del concreto. En el caso de que se usen refuerzos, éstos se usan más que nada para el control de grietas más que para el transporte de carga.
– Ambos sufren contracción de contracción y expansión debido a efectos térmicos.
El término pavimentos de concreto convencionales hace referencia por igual a pavimentos de concreto liso articulado, pavimentos de concreto reforzado articulado, pavimentos de concreto armado continuo y en todos es de gran importancia el diseño de las juntas. También podemos mencionar otros tipos, tales como los pavimentos de concreto compactados con rodillos y pavimentos de concreto permeable o poroso.
Los pavimentos de concreto liso articulado. ofrecen una alta resistencia al desgaste, no se mellan en ninguna dirección, y cuando las losas tienen menos de 5 m de longitud el efecto de la temperatura en los esfuerzos es despreciable
Los pavimentos de concreto liso articulado, o JPCP, por sus siglas en inglés ( Jointed Plain Concrete Pavement) consisten en losas de concreto no reforzado de 3,6 a 6,0 metros con juntas de contracción transversal entre losa y losa. Las articulaciones se encuentra lo suficientemente juntas como para evitar el agrietamiento hasta el final de la vida útil del pavimento. En este tipo de pavimentos de concreto, los efectos de contracción y expansión son manejados a través de las articulaciones.
Entre las desventajas de su uso cabe advertir que son muy sensibles al sub diseño o a la presencia de cargas no contempladas en el momento de su fabricación, aunque muchas veces un aumento de uno o dos centímetros en su espesor puede prevenir algunos de los problemas derivados de esto, e incluso lograr un aumento en la vida útil del pavimento.
Entre sus ventajas, podemos mencionar el hecho de que las planchas se construyen en una sola etapa, por lo que, si su diseño es el correcto, no existe incertidumbre alguna en cuanto a su desempeño a largo plazo ya que no dependen de la utilización de capas de material adicional para mantener un nivel de servicio eficiente.

Bibliografía consultada:

Concrete Pavement Design,
Construction, and Performance,
por Norbert Delatte; Concrete Pavement Design Guidance Notes.  por Geoffrey Griffiths and Nick Thom; Manual de diseño de pavimentos de concreto, por Jorge Alberto Alvarez Pabón y Cipriano Alberto Londoño Naranjo para el ICPC de Colombia.

Resistencia del equilibrio neurótico (traducción)

RESISTENCIA DEL EQUILIBRIO NEURÓTICO

Extraído de PRINCIPIOS DE PSICOTERAPIA

Por Irving B. Weiner y Robert F. Bornstein

 

Mientras que la resistencia al cambio asociada con el cambio secundario involucra una reticencia a rendir (rendirse) aspectos de su condición que proveen al paciente de ciertas ventajas, otras fuentes de resistencia están basadas en la anticipación de nuevas y distintas desventajas. Las más comunes en este sentido  son las preocupaciones de que el cambio altere los patrones corrientes de las relaciones interpersonales que constituyen lo que se conoce como equilibrio neurótico.

En un equilibrio neurótico, las personas con las que los pacientes interactúan en el hogar, la escuela, el trabajo o las actividades de ocio se han adaptado a sus problemas de comportamiento y sus idiosincracias, así que los pacientes se siente aceptados o cuando menos tolerados y pueden anticipar de que manera los otros habrán de responder a ellas (véase Bedics et al, 2005). Pacientes en un equilibrio neurótico pueden incluso ser apreciados por personas significativas en sus vidas porque sus deficiencias gratifican la necesidad de esas personas en alguna manera complementaria. Por ejemplo, un hombre quien se encuentra psicológicamente incapacitado por una renuencia a auto afirmarse puede estar casado con una mujer dominante quien se esfuerza en tenerle diferirle a ella. O como en otro ejemplo, personas cuyas fallas y desventuras parecen ser la ruina para la existencias de sus familias, puede también estar proporcionándoles un chivo expiatorio a quien culpar por sus dificultades individuales y colectivas y hacia quien pueden dirigir sus sentimientos negativos en vez de dirigirlos el uno hacia el otro.

Ya sea porque han encontrado cierto confort en la manera en la que son tratados, o porque sus dificultades están en satisfacer las necesidades de los otros, la gente con problemas psicológicos puede ser reticente al cambio por el riesgo a interrumpir el equilibrio en sus vidas. Al inicio del tratamiento, dicha renuencia suele aparecer bajo la forma de vagas aprehensiones sobre lo desconocido, como si los pacientes pensaran “No me gusta mi forma de ser, pero al menos sé lo que puedo esperar de mí mismo y lo que otras personas pueden esperar de mí; si fuera a cambiar, cómo sería, cómo reaccionarían las otras personas hacia mí, y que nueva clase de experiencias enfrentaría?” La cartografía de inexploradas aguas psicológicas inevitablemente provoca ansiedad, inclusive a las personas audaces determinadas a extender sus horizontes.  En consecuencia, la psicoterapia puede incluir desde su inicio momentos en que los deseos de cambiar del paciente temporalmente se oponen a sus deseos de evitar la incertidumbre, y el terapeuta debe estar preparado para ayudar a los pacientes a reconocer esta fuente de resistencia cuando ella aparezca.

Ya sea porque han encontrado cierto confort en la manera en la que son tratados, o porque sus dificultades están en satisfacer las necesidades de los otros, la gente con problemas psicológicos puede ser reticente al cambio por el riesgo a interrumpir el equilibrio en sus vidas. Al inicio del tratamiento, dicha renuencia suele aparecer bajo la forma de vagas aprehensiones sobre lo desconocido, como si los pacientes pensaran “No me gusta mi forma de ser, pero al menos sé lo que puedo esperar de mí mismo y lo que otras personas pueden esperar de mí; si fuera a cambiar, cómo sería, cómo reaccionarían las otras personas hacia mí, y que nueva clase de experiencias enfrentaría?” La cartografía de inexploradas aguas psicológicas inevitablemente provoca ansiedad, inclusive a las personas audaces determinadas a extender sus horizontes.  En consecuencia, la psicoterapia puede incluir desde su inicio momentos en que los deseos de cambiar del paciente temporalmente se oponen a sus deseos de evitar la incertidumbre, y el terapeuta debe estar preparado para ayudar a los pacientes a reconocer esta fuente de resistencia cuando ella aparezca.

Conforme avanza el tratamiento y comienzan a ocurrir cambios en el comportamiento, la resistencia relacionada de forma específica con el mantenimiento de patrones previos de relaciones interpersonales pueden pasar a un primer plano. En particular, progreso hacia las metas del tratamiento pueden tener un efecto adverso, al enajenar a figuras clave en la vida de los pacientes cuyas necesidades ya no son gratificantes. Si, por ejemplo, un hombre pasivo se vuelve más asertivo, puede molestar y decepcionar a su dominadora esposa, al punto de hacerla sentir poco apreciada, sin propósito, y quizás hasta pueda indecisa sobre si continuar con el matrimonio o no. Puede que un paciente crónicamente fracasado o irresponsable pueda privar a su su familia de un chivo expiatorio con la adquisición de metas admirables o volviéndose un miembro respetable de la sociedad, el resultado puede ser un incremento de la desarmonía familiar y un interés decreciente en las actividades de la persona. En tales circunstancias, los pacientes pueden sentirse tentados a persistir en sus problemas de conducta. reteniendo el equilibrio interpersonal asociado con ellos más que cambiar su conducta arriesgándose a interrumpir el equilibrio. De ser así, el terapeuta deberá pensar si debe alentar al paciente a continuar el tratamiento. ¿Sería mejor para el paciente volverse más auto actualizado y dejar que las fichas interpersonales caigan donde puedan? O se trata de una persona tan encerrada en su propio contexto interpersonal actual que el cambio de comportamiento que implica el cambio, no importa cuán aparentemente deseable sea, podría ser perjudicial psicológicamente?

Ya sea para cambiar y afrontar las consecuencias, o permanecer en la misma situación, evitando correr riegos, al final se trata de una decisión que recae en el paciente; salvo en situaciones de emergencia, el terapeuta no debe asumir que puede hacerlo por ellos. No obstante, los terapeutas pueden y deben influir en la elección del paciente, entre permanecer en un equilibrio neurótico, o trabajando para cambiarlo, acorde con su estimación de en dónde se encuentran las mejores perspectivas para que el paciente encuentre su satisfacción en la vida. Si esta estimación se ha realizado con precisión durante la fase evaluación del tratamiento, se podrá identificar si los pacientes involucrados en psicoterapia tiene posibilidades de ganar o de perder con la modificación de su comportamiento. Sobre la base de una evaluación previa que muestre que la psicoterapia es apropiada, los terapeutas deben trabajar para mantener a los pacientes en ella aun cuando el disolver el equilibrio neurótico cree una resistencia al cambio. No obstante, ni las evaluaciones son perfectas, ni los terapeutas son infalibles en sus juicios.  Información que emerja en el transcurso de la psicoterapia puede indicar que incluya la interrupción desfavorable en la vida del paciente, posterior al cambio de comportamiento, puede indicar que la terapia no fue la decisión más sabia. Los terapeutas deben estar preparados para reconocer instancias de aparente resistencia al cambio que no son en absoluto paradójicas sino que más bien reflejan la bien fundada conclusión de un paciente de que sería mejor no continuar en psicoterapia. De sobra está decir que tales decisiones deberían distinguirse de resistencias reales y ser respetadas por la realidad que representan.

NEUROTIC EQUILIBRIUM RESISTANCE

From PRINCIPLES OF PSYCHOTHERAPY

By Irving B. Weiner and Robert F. Bornstein  

Whereas resistance to change associated with secondary gain involves
reluctance to give up aspects of their condition that are providing patients
some advantages, other sources of resistance are based on the anticipation
of new and distinct disadvantages. Most common in this regard are
concerns that change will disrupt current patterns of interpersonal relationships
that constitute what is known as a neurotic equilibrium.

In a neurotic equilibrium, the people with whom patients interact at
home, in school, on the job, or in leisure activities have adapted to their
behavioral problems and idiosyncrasies, so that patients feel accepted or at
least tolerated and can anticipate how others will respond to them (see
Bedics et al., 2005). Patients in a neurotic equilibrium may even be valued
by significant people in their lives because their shortcomings gratify the
needs of these people in some complementary way. For example, a man
who is psychologically handicapped by a reluctance to assert himself may
be married to a domineering woman who thrives on having him defer to
her. As another example, people whose failures and misadventures seem to
be the bane of their family’s existence may also be providing family
members a scapegoat on whom they can blame their individual and
collective difficulties and toward whom they can direct negative feelings
they would otherwise direct toward each other.

Either because they have become comfortable with how they are treated
or because their difficulties are meeting the needs of others, people with
psychological problems may be reluctant to change at the risk of disrupting
the equilibrium in their lives. Early in treatment, such reluctance often
appears in the form of vague apprehensions about the unknown, as if the
patient were thinking ‘‘I don’t like the way I am, but at least I know what to
expect of myself and what other people expect of me; if I were to change,
what would I be like, how would other people react to me, and what new
kinds of experiences would I have to face?’’ The charting of unexplored
psychological waters inevitably provokes anxiety, even for venturesome
people determined to extend their horizons. Accordingly, psychotherapy
may from its beginning include moments when a patient’s wish to change
is temporarily opposed by a wish to avoid uncertainty, and therapists must
be prepared to help patients recognize this source of resistance when it
arises.

As treatment proceeds and behavior change begins to occur, resistance
related specifically to sustaining previous patterns of interpersonal relationships
may come to the fore. In particular, progress toward the goals of
the treatment may have the adverse effect of alienating key figures in
patients’ lives, whose needs they are no longer gratifying. Should the
passive man become more assertive, for example, he may annoy and
disappoint his domineering wife to the point where she feels unappreciated,
unfulfilled, and perhaps even undecided about continuing
in the marriage. Should a chronically unsuccessful or irresponsible patient
deprive his or her family of a scapegoat by attaining admirable goals or
becoming a respectable member of society, the result may be increased
family disharmony and decreased interest in the person’s activities.
In such circumstances, patients may feel tempted to persist in their
behavior problems and retain the interpersonal equilibrium associated
with them rather than change their behavior and risk disrupting the
equilibrium. If so, the therapist will have to ponder whether to encourage
continued treatment. Would the patient do better to become more selfactualizing
and let the interpersonal chips fall where they may? Or is the
person so locked into his or her current interpersonal context that
equilibrium-disrupting behavior change, no matter how apparently desirable,
would be psychologically deleterious?

Whether to change and bear the consequences or remain the same and
avoid taking chances is in the end a decision for patients to make; barring
emergency situations, a therapist should not presume to make it for them.
Yet therapists can and should influence a patient’s choice between remaining
in a neurotic equilibrium or working to change it, according to their
estimate of where the patient’s best prospects lie for finding satisfaction in
life. If this estimate was made accurately during the assessment phase of
treatment, patients engaged in psychotherapy will have been correctly
identified as having more to gain than to lose by modifying their behavior.
On the basis of their prior assessment that psychotherapy is appropriate,
then, therapists should ordinarily work to keep a patient in it when a
dissolving neurotic equilibrium produces resistance to change.
Assessments are not perfect, however, nor are therapists flawless in their
judgments. Information emerging in the course of psychotherapy, including
untoward disruption in a patient’s life subsequent to behavior change,
may indicate that treatment was a path not wisely taken. Therapists must
be prepared to recognize instances of apparent resistance to change that are
not paradoxical at all but instead reflect a patient’s well-founded conclusion
that they would be better off not to continue in psychotherapy.
Needless to say, such decisions should be distinguished from actual
resistance and respected for the reality they represent.

 

 

El arte de la memoria (novela)

El arte de la memoria (novela)

X

Mediodía en la Isla, murmuré, saliendo de la fiebre en mitad de una madrugada oscura, apenas iluminada por la claridad amarilla de la lámpara sobre la mesita de noche, en lo que creía los albores de un miércoles de finales de octubre. Aquella tarde de octubre me quedé de pie, mirando la casa durante media hora, una hora… Hasta que la noche comenzó a caer y, como si saliera de un sueño y, al mismo tiempo, mis pasos fueran guiados como los de un sonámbulo, me alejé de regreso a mi apartamento, con la sensación de que no me encontraba del todo bien. De lo que estoy seguro es que, mientras observaba la casa, me vino a la mente, no el recuerdo, sino apenas la fría rememoración de una tarde calurosa, luminosa, rebosante de vida en que aquellas palabras tal vez se asociaron por primera vez, no en mi conciencia, sino en los más profundos fondos del inconsciente: Isla y Mediodía. Por mi mente desfilaron la sensual caricia de la pétrea piel de una caracola rosada, la minúscula aventura de acompañar a Cordelia al mercado, sentado en el parque, en plena tarde, bebiendo una limonada helada y de regreso a casa, el encuentro de Leny y Mónica comiendo margaritas con café junto a la entrada. Añoré tanto el sabor de las margaritas y la luminosidad de la sonrisa de Mónica, el maravilloso rubio quemado de su cabellera revuelta… Recuerdo que regresé a mi apartamento en un estado que era como la anticipación de una de aquellas hileras de días perdidos sumido en las fiebres del desierto y apenas si tuve tiempo para beberme un vaso de agua antes de meterme en la cama, rendido por el cansancio, más bien por un sopor invencible, y cuando me desperté en aquella madrugada, ya completamente repuesto, como si fuera un despertar común y corriente, rememoré de nuevo todo eso, pero, a diferencia de la tarde del inesperado reencuentro, ahora lo hice de una manera completamente voluntaria, casi forzada, aunque con la vana esperanza de que algo sucediera. Y también, a diferencia de la tarde, en vez de contemplar todo con frialdad, sentí más bien una suerte de indignación, de helada cólera que me hizo arrojar el vaso con bourbon rezagado de una noche anterior, y hacerlo trizas contra la pared, y creo que lloré de indignación al comprobar que la rememoración no me decía nada, que no lograba arrancar más que aquella indignación, pero ni un rasguño en la endurecida piel de la nostalgia, como si mi corazón se hubiera petrificado y fuera ya incapaz de otra cosa que de aquellas burdas emociones. En el reloj todavía no daban las cuatro, pero ya no me fue posible conciliar el sueño y al final me levanté, me vestí y me dirigí al café Babylonia, donde seguí con mi mal humor hasta la llegada de la mañana, en que al fin sentí que de nuevo podría volver a la cama. Dormí durante toda la mañana, despertándome en las primeras horas de la tarde para encontrarme con que todo lucía un tanto diferente, más vivo y más activo, poseído un poco por ese espíritu que tanto había añorado, aunque yo fuera todavía incapaz de apreciarlo al máximo, como si más que sentirlo pudiera intuirlo. Me encontré con el café Babylonia un tanto transfigurado, lleno de música y de gente, como si de pronto todos los que habían estado ausentes hubieran regresado y juntos trataran de reconstruir los tiempos fabulosos. Le pregunté a Fairbanks si todo lucía diferente o si era simplemente mi imaginación y me dijo que, como ya se habrá dado cuenta, la herida parece haberse cerrado; al parecer el tiempo vuelve a ser uno. Y aunque ninguno dijo lo que pensaba en ese momento, estoy seguro de que ambos pensamos en Sylvia. Le conté que había encontrado nuestra antigua casa después de todo aquel tiempo y él me preguntó qué pensaba hacer. Supongo que regresar a vivir en ella. Mientras llega el tiempo… ¿El tiempo de qué? Le dije que tenía planeado viajar dentro de poco a la Isla y le pregunté si creía que sería seguro. Me respondió que, por lo visto, ya no cabía esperar algo similar de nuevo, que tal vez se había tratado del último acomodamiento de las placas tectónicas de la realidad y que en adelante el tiempo sería inseparable. Hasta el fin de los tiempos, dijimos al unísono a manera de brindis, antes de tomarnos un brandy que por alguna razón parecía más que merecido. Después del almuerzo, que se prolongó hasta después de las cuatro, regresé a mi departamento, solo que en vez de ir directamente, subí hasta el apartamento de Janouch a quien le conté lo del hallazgo y le pedí que me acompañara a ver la casa, de la cual conservaba un juego de llaves en un cajón de mi escritorio. Media hora después nos encontrábamos abriendo la verja de la entrada, recorriendo el pequeño sendero empedrado flanqueado por barreras de crecida hiedra. Abrí la puerta principal y no me sorprendió encontrarme con que todo estaba apenas cambiado desde la última vez que había estado allí, antes de partir hacia la Isla, no sabía cuánto tiempo hacía, aunque me parecía en tiempos muy lejanos e irreales. Janouch quedó gratamente sorprendido con la casa y me preguntó qué pensaba hacer y, la verdad, no había pensado en eso. La verdad es que no estoy seguro, le dije. Janouch consideró que tal vez había llegado el momento de regresar y le dije que tampoco estaba muy seguro al respecto ya que me parecía que, ahora que las cosas se habían arreglado, el viaje a la Isla parecía algo indispensable. Es más. Creo que tú deberías venir también. ¿A la Isla? No veo por qué no; te pasas la vida trabajando y creo que ya es tiempo de que te tomes un descanso. Entonces fue él quien me dijo que no estaba muy seguro al respecto y lo tranquilicé diciéndole que tampoco le estaba pidiendo que nos mudáramos a la Isla, que sería un viaje de dos o tres semanas y que no había problema en cuanto a los gastos, seguro de que no tendríamos problemas para encontrar dónde vivir una vez llegáramos, seguro de que la familia de Mónica estaría viviendo de una manera bastante holgada y, en todo caso, creía poder apelar a la generosidad de Theresa o de Nadine en caso de ser necesario. Recorrimos la casa desde la primera planta hasta la terraza, desde la sala circular donde en las tardes las notas se elevaban como aire caliente a lo largo del cañón circular hasta alcanzar los vitrales de las claraboyas, el estudio donde los libros seguían intactos, acumulando apenas una leve capa de polvo, el amplio comedor con la mesa donde alguna noche de finales de septiembre o de octubre estuve sentado por primera vez al lado de Theresa, la fresca penumbra de la cocina donde preparamos café, el amplio patio con los automóviles parqueados, la lavandería y, al fondo, el cobertizo que Emerson y su padre utilizaban como taller y laboratorio. Recorrimos los jardines y en la alberca nos encontramos con las aguas apenas enturbiadas de verde, aunque con una amplia cubierta de hojas secas. En los dormitorios todo seguía como lo habíamos dejado y apenas si fue poco el tiempo que revolvimos al abrir las puertas. Finalmente contemplamos lo que nos era dado ver de la ciudad desde la amplia terraza donde en alguna tarde privilegiada, después de la tormenta, Mónica y yo saludamos los dones solares disfrutando de sendos trozos de turrón de Alicante extraídos de una caja de metal esmaltada de azules marinos. Antes de que cayera la noche salimos a comprar pan pero no encontramos margaritas y, curiosamente, nadie las recordaba, lo que me hizo temer si no eran producto de mi imaginación, un falso recuerdo. Al parecer el propio Janouch pareció terminar por compartir el nuevo espíritu que llenaba los días, pues preparó una cena fuera de lo común y cenamos y bebimos un buen vino hasta tarde en la noche, cuando me dijo que sin duda lo mejor sería que, ya que había recuperado mi antigua casa, cuando menos pasara la noche allí y yo estuve de acuerdo. Era una noche casi perfecta. Incluso vimos en televisión Pandora and the flying dutchman, que terminó poco antes de la una y aunque le dije a Janouch que podía ocupar cualquier alcoba para pasar la noche allí, al final prefirió regresar a su apartamento ya de madrugada. Me quedé solo en la casa, con las luces de la sala, el comedor, la cocina, el jardín de la alberca, y algunas alcobas todavía encendidas, como en los viejos tiempos, como en uno de aquellos lejanos sábados de fiestas. Y mientras tanto, yo me sentí como poseído de un entusiasmo que encontraba nuevo, que no había sentido en todos aquellos meses, como si secretamente sintiera que todo volvería a ser como antes, pese a todas las certezas que había acumulado a lo largo de amargos meses de desengaños. Era casi como si de un momento a otros pudiera ver a los hermanos regresando de una fiesta para preparar café y pasar el resto de la madrugada jugando póker hasta el amanecer. Sin apagar el televisor, donde la programación seguía, encendí el estéreo, cuyo cuadrante estuve escudriñando hasta que, como tocado por un rayo, tuve que detenerme y subir el volumen. Y de pronto fue una tarde lluviosa en la que la fuerza del sol era superior a la de la tormenta, en que aquellas notas resonaban al mismo tiempo en el interior de una sala con los muros tapizados de madera en lo que debía ser también la tarde de un jueves invernal, las mismas notas con las que el sol recibía el final de la lluvia en esa tarde de la caja azul en la terraza, contemplando el arcoíris suspendido como una aurora congelada en el celeste firmamento y, por último, la tarde prodigiosa que en cierto sentido había sido como el compendio de las tardes y las búsquedas, la tarde prodigiosa en que me fue dado el privilegio ya olvidado de alcanzar aquella casa inalcanzable situada en el corazón de la Isla. Y como un torrente vinieron a mí, en aquella madrugada, los recorridos bajo la lluvia en una ciudad construida con sueños grises, el regreso a casa, el espíritu mágico de las noches, las madrugadas de ensueño en que cada recorrido era como una búsqueda, como una aventura dentro de un sueño, y vi de nuevo la luz inigualable de diciembre, y la tristeza y la alegría de todos esos tiempos, de esas tardes de cristal, oro y fuego en el interior del café babylonia, la miel en estado ígneo conformando las ondas de la cabellera y de los ojos sonrientes de Theresa, y el verde llenando el mundo tras la lluvia, y de nuevo la luz en la cúspide de la creación, sí, de nuevo en los momentos privilegiados de Eránnida tras la lluvia, y vi de nuevo aquellas noches de tristeza y sentí abrirse la herida de aquella tarde inalcanzable en la Bahía, y el refugio de las noches y las madrugadas y la lluvia perenne a la orilla del mar en la Ciudad de los Canales, y el retumbo de la música proveniente del inframundo, en la fiesta de la tarde de un sábado de diciembre, y las cúspides más altas de los tiempos y la vida concentradas y resumidas y totalizadas en el resplandor esmeraldino de su mirada, de aquella mirada que volvía a ver tras los cristales de la ventana de un autobús en la mañana del último sábado de enero, y volví a escuchar la música dorada de su risa, y de nuevo se hizo la luz inigualable de aquellos días lluviosos de julio en que esperaba con ansias su regreso, y la noche magnífica, el comienzo de todos los tiempos, en la tormenta de un jueves 7 de agosto a las ocho y media en punto, cuando la veo aparecer más hermosa que nunca, caminando con majestad, haciendo que las miradas se vuelvan hacia ella mientras se dirige a la mesa donde la espero como nunca antes la había esperado. Y las noches y los días y nuestro viaje al fin del mundo, al fin de la creación, a los santuarios de roca y nieblas, caminando entre bosques de oro, rodeados por la grandeza de la creación, por la grandeza de nuestros sueños y de nuestro pasado y de nuestros recuerdos y de nuestro amor invencible, más grande y más duradero que la propia muerte, perdidos en los bosques de oro de la materia con la que está construido el Futuro Absoluto, y de nuevo me encontraba, reunidos en unas cuantas notas, con todos esos recuerdos que creía perdidos, que creía muertos, y que ahora regresaban de manera prodigiosa para demostrarme que, pese a todo, a pesar de que las cosas no pudieran ser de nuevo lo que habían sido, el Pasado seguía allí, poderoso e invencible, y que los recuerdos me devolvían lo que las potencias tenebrosas habían tratado de arrebatarme, de arrebatarnos, y que, con ellos, volvía a tener conciencia no sólo del amor que habíamos disfrutado, del amor que nos había sido dado como el más grande de los dones, junto con el pasado, con nuestros recuerdos, con todas las cosas que, después de tanta oscuridad y de tantas dudas y de tantas amarguras, me devolvían la certeza de que todo había tenido significado, de que cada momento había sido invaluable, de que cada recuerdo era como un tesoro que durante mucho tiempo creí que me había sido arrebatado y que aquella noche, por obra del tiempo, de la música y de la noche misma, volvía a mí. Cuando pude darme cuenta, cuando al fin terminó el embate de las emociones, descubrí con auténtica alegría que había estado llorando sin parar y que tenía mis manos y mi camisa y mi chaqueta empapados de llanto. Y junto con ello, volví a sentir el peso de ese dulce dolor, del dolor de esa herida que ahora sabía que nunca habría de cerrar, porque la única persona capaz de cerrar y sanar y hacer desaparecer esa herida era ella. Y también comprendí que siempre había tenido que ver con ella y que, al mismo tiempo, era una herida que no quería que desapareciera porque, de algún modo, en ella estaba compendiado el pasado, la memoria, el recuerdo y, al mismo tiempo, por primera vez desde el naufragio, comprendí que en ella se encontraba la puerta hacia esos tiempos que ahora sabía que no estaban perdidos en la noche de los tiempos, sino que sus memorias estaba allí para ser recuperadas, para obrar el milagro del recuerdo y para darles vida, para inmortalizarlas y hacerlas pervivir por los siglos de los siglos en la gloria inigualable de ese mundo que ahora sabía que no era un sueño, que no era una imaginación o un deseo, sino que en realidad existía, que era acaso más grande que la propia Creación y que, aunque todo despareciera, seguiría perviviendo por los siglos de los siglos por todos los tiempos pues no era otra cosa que el mundo inagotable y prodigioso, el mundo maravilloso y multiforme del Futuro Absoluto

El crepúsculo (novela)

La entrada al túnel se encontraba abierta, pero apenas si reparamos en ello, absortos como nos encontrábamos en la necesidad urgente de llegar cuanto antes a la Caverna, pues era hacia allí precisamente hacia donde nos dirigíamos, impulsados por quién sabe qué oscura voluntad.
El túnel se encontraba parcialmente inundado, con el agua llegándonos casi al pecho, de modo que el tramo final lo hicimos casi a nado. Con enorme dificultad logramos llegar hasta la cripta, donde ahora todos los nichos estaban sellados con lápidas la misma piedra gris que formaba el piso, y sobre las cuales, con sangre todavía fresca, habían dibujado aquellos indescifrables y pavorosos signos de los que ahora sentíamos que emanaba una suerte de familiaridad.
El nivel de las aguas de la Laguna Prehistórica había subido tanto que sobrepasaba la altura endeble puente colgante que comenzamos a cruzar con las aguas turbias subiéndonos por encima de las rodillas. Todo aquello nos aterraba, desde luego (y especialmente a mí, que desde siempre había sentido un intenso horror a lo líquido y a las profundidades, fueran del tipo que fueran), pero nos angustiaba especialmente el hecho inevitable e inexplicable de sentir aquella necesidad tan grande e incontrolable dentro de nosotros, aquella necesidad mucho más fuerte que nuestra propia voluntad o nuestros más primitivos terrores, de llegar cuanto antes a la Caverna, todo lo cual, era claro, se relacionaba de una manera estrecha, aunque inexplicable, con aquella pesadilla que acabábamos de tener y que ante nuestros reiterados pero inútiles esfuerzos por recordarla, nos dejaba tan sólo con una sensación de rozar superficialmente algún innominado horror visceral. Pues era como si en lo profundo de aquella pesadilla, de aquel horroroso sueño de contenidos prohibidos, hubiera surgido algo cuyo sentido nos era indispensable aclarar, un jeroglífico que debíamos descifrar, una pregunta cuya respuesta sentíamos que sólo podríamos hallarla en el interior mismo de la Caverna.
Cuando llegamos al otro lado del puente, como un milagro, el cielo se aclaró en cuestión de segundos, limpiándose por completo de los impenetrables nubarrones color hollín, cargados de sangre, hielo y gusanos, y un sol cálido e intenso bañó todas las cosas. El mundo se llenó en aquel momento de un silencio tan grande, tan poderoso y tan absoluto, que hasta nos permitía escuchar el latir intenso y acelerado de nuestros corazones. Sentimos como si fuéramos, mi hermana y yo, los únicos seres vivos y conscientes de toda la creación, en lo que parecía la primera tarde de verano de un mundo apenas recién creado. Pero eso no era lo más increíble de todo, sino el hecho de que los ardientes y dorados rayos del sol caían con fuerza sobre la entrada de la Caverna, pues la gigantesca cornisa de oscura roca había desaparecido.Sin importarnos nada, cruzamos la cuadrada depresión, sumergiéndonos parcialmente en sus aguas sucias e increíblemente heladas.
Una vez dentro, todo nos pareció notablemente transformado. El suelo casi había desaparecido, y las aguas del Pozo sin Fondo parecían haberse extendido mucho más allá de sus originales orillas. Lo único que nos separaba de ellas, así como del círculo infernal de los negros e inmundos arbustos, era una estrecha franja de tierra. El tramo de vía férrea, que antes emergía de la roca misma, se introducía ahora, hasta perderse en las tinieblas, en un negro y maloliente túnel que se extendía dentro de la montaña. Sobre la pared del lado sur, el Signo Sagrado se nos mostraba al fin perfectamente definido, dotado de un semblante nuevo y amenazador, aunque también teñido de una suerte de omnipotencia, como la faz de una divinidad temible. Estaba tan limpia y perfectamente ejecutado que parecía como si, tan sólo unos momentos antes, sus últimas aristas, rugosidades e imperfecciones, hubiera sido pulidas y eliminadas. Y entonces, al mostrarnos su magnificencia, se nos mostró también como un enigma cuya respuesta nos pareció que podría ser también la respuesta a todas las grandes preguntas del mundo, una respuesta que, sin embargo, en aquellos momentos nos parecía como perdida. Pero tan sólo en la superficie del rústico mundo sensible, de ese imperfecto mundo de las apariencias. Pues en las inexploradas simas de la realidad era en verdad como un grito que sólo el ser perdido en las simas de nosotros mismos, un ser único del que mi hermana y yo no éramos más que accesorios, podía comprender y resolver, un ser sumergido en las profundidades donde la razón se negaba a descender porque allí sería brutalmente despedazada, reducida a minúsculos y putrefactos trozos de carroña, y finalmente devorada; las simas donde reinaba, por siempre soberano, el Signo Sagrado quien ahora nos mostraba su rostro majestuoso y nos insinuaba su poder, como seduciéndonos, incitándonos a hundirnos en sus propias profundidades. Un fulgor extraño, como una dorada e intensa fosforescencia, envolvía aquella signatura parecida a un sol, un círculo rodeado de siete rayos serpenteantes terminados en afilados garfios, sostenido por un rayo más largo y completamente recto, del cual parecía colgar, y que por momentos le daba el aspecto de una pervertida flor o de un árbol puesto de cabeza, y en cuyo centro habitaba un atormentado y ciego ojo cautivo.

La torre de Babel (novela)

IX

 

Hasta la tarde de ese viernes cuando, en apariencia de manera inexplicable, sentí que de nuevo se acrecentaba lo que en los días pasados me había parecido un puro delirio de persecución, pero que ahora tenía la casi certeza de que se trataba de la inminencia de un peligro real.
Contrario a mi costumbre, me había levantado muy temprano en la mañana, acaso debido a la angustia que por aquellos días comenzaba ya a devorarme ante la inminencia de lo que creía ya inevitable. No tenía demasiado dinero, así que simplemente salí a caminar, procurando alejarme lo más posible de los deprimentes alrededores del hotel y su fauna espeluznante.
Pasado el mediodía, cansado y hambriento, al fin me detuve a descansar en la banca de un diminuto parque de aspecto ruinoso, frente al cual se levantaba, al otro lado de la calle, la mole amarilla de un edificio gubernamental. Había comido tan poco en los últimos días que comencé a sentirme un poco mareado, por lo que consideré que lo mejor sería regresar a mi habitación del hotel pues el sueño comenzaba a hacerse insoportable.
Apenas me había levantado cuando de manera instintiva sentí como una corriente eléctrica que de manera súbita me despertara. En la esquina opuesta al parque había alguien de pie, observándome, un individuo que de inmediato supe que era militar. Luego de levantarme, antes de decidir qué hacer, me había quedado sentado con la vista perdida en la sucia calle llena de bares y comercios sacados de quién sabe qué inframundo maloliente. Y fue entonces que me percaté de que una figura oscura parecía observar el hotel, sentado a la entrada de uno de aquellos comedores. En principio pensé que era mi imaginación, pero seguí escudriñando el cafetucho a través de las celosías de las persianas. Me vi obligado a dejar mi vigilancia para ir al baño, y al regresar el individuo había desaparecido. Y ahora volvía a encontrarlo.
No tuve el aplomo para fingir que no lo había visto, así que simplemente me puse de pie e hice las pocas cuadras que me separaban de mi hotel, donde me encerré el resto de la tarde a observar la calle con una angustia que aumentaba a medida que se acercaba la noche.
La llovizna que había llenado las horas de la mañana se fue transformando en un aguacero que, al final de la tarde, se había transformado casi en una tormenta, lo que me pareció la circunstancia más favorable para poder evadirme. Escudriñé la calle por mucho tiempo para trata de localizar a cualquier individuo de aspecto sospechoso, pero al parecer nadie me vigilaba o, cuando menos, nadie de quien pudiera dar cuenta.
Debían ser las seis de la tarde, pues a mis espaldas se inició una tanda de campanadas que venían de una iglesia. Llovía a cántaros y, no obstante, había una multitud que por alguna u otra razón se encontraba en aquella abierta encrucijada de calles principales a aquella hora, y que estuve tratando de examinar buscando a cualquier persona de aspecto sospechoso. Mi mente no había dejado de trabajar desde que había regresado a mi habitación, barajando toda clase de posibilidades, desde las más probables hasta las más descabelladas. Comprendí que también yo había llegado a una encrucijada y que, de algún modo, aquella noche algo terminaría por resolverse.
Debo buscar un lugar seguro, pensé, y comencé a caminar sin rumbo fijo, tomando primero por una estrecha callejuela, en dirección al sur, y apenas si había alcanzado la primera esquina cuando me pareció que tal vez estaría más seguro si tomaba la avenida principal para buscar refugio en un café de los sótanos de un centro comercial cercano.
Ni siquiera pude darme cuenta de dónde había salido el enorme y ostentoso automóvil que se detuvo de manera súbita junto a mí, y del cual salieron dos hombres altos y bien vestidos quienes me dijeron que debía entrar al auto.
Me sorprendió enormemente encontrarme nada menos que con Miguel Ángel Castro, magnate de la seguridad privada y encargado de la seguridad personal de los miembros del Directorio. Tras cerrarse las portezuelas, el vehículo se escurrió de manera veloz, y casi sin detenerse, esquivando el tráfico y los semáforos, por un meandro de calles y callejuelas por las que abandonamos el centro de la ciudad en dirección al sur. Inexplicablemente, lo que sentía por encima de todo en aquellos momentos era una confianza, casi gratitud, hacia aquel hombre que había decidido mi secuestro y quien, durante el recorrido, me pidió que dejara mis preguntas y comentarios para cuando nos encontráramos en un lugar seguro.
Sus palabras me hicieron pensar que probablemente regresaríamos a mi habitación del hotel, aunque al final, pese a la cantidad de extravíos y de una ruta en apariencia caótica, me imaginé que nos dirigíamos a uno de sus refugios. Pero luego de más de una hora de deambular en silencio, cuando ya habían pasado el tráfico más pesado, iniciamos el camino de regreso al centro.
No fue a mi hotel a donde nos dirigimos, sino a un hotel situado en un sector más periférico y solitario del centro, donde nos sumergimos en la oscuridad el parqueo subterráneo de un viejo edificio de apartamentos. Castro, los guardaespaldas y yo tomamos un elevador que nos condujo de manera directa al cuarto piso. Una vez que los guardaespaldas revisaron concienzudamente la habitación, Castro me pidió que me pusiera cómodo, mientras los guardaespaldas permanecían fuera para vigilar.
— Sé que todo esto parecerá una locura, pero era necesario hacerlo de esta manera porque la verdad es que corres un gran peligro.
Le pregunté si alguien había estado siguiéndome y me dijo que sí, que, por difícil que pudiera parecerme, los miembros del comité de disciplina habían iniciado una cacería y al fin habían dado con su presa.
— No… No entiendo…¿Una cacería? ¿Por mí?
— Hay una recompensa por tu cabeza. Hace ya una semana que grupos armados recorren la ciudad esperando encontrarte. Y finalmente lo hicieron. A estas horas deben estar ya en tu hotel, esperándote.
— Sigo sin entender por qué…
— ¿Es que no te das cuenta de lo que has provocado? Publicar un libro semejante, revelando tantas cosas que nadie debía haber dicho… Tu expulsión no significa solo una cuestión de principios. Has dejado de gozar de la protección y privilegios de la Sociedad, lo que significa que cualquiera puede matarte o torturarte o descuartizarte sin que a nadie le importe lo más mínimo.
Tras encender un cigarro, Castro se levantó y observó la calle por la ventana durante unos minutos sin decir nada, hasta qué le pregunté qué es lo que debía hacer ahora.
— Es la razón para esto. Por desgracia te has convertido en alguien más importante de lo que puedes imaginar. Tu seguridad es la prioridad. Hay cosas que pronto van a salir a la luz debido a tu libro. Mucha gente va a querer que desaparezcas.
Dudé unos segundos antes de preguntarle cuál era su interés en eso y simplemente me dijo que había altos intereses en riesgo y que estaba haciendo lo posible para que, llegado el momento, no fuera a quedarse sin un lugar en la mesa. Felizmente, desde que se había desatado aquel escándalo, había ideado un plan.
Esa noche, me explicó, yo dormiría en aquel apartamento y, temprano por la mañana, antes de que amaneciera, nos dirigiríamos hacia la costa sur, donde nos esperaría una avioneta con la que abandonaríamos el país de forma clandestina. Eso les daría tiempo antes de que se percataran de lo que había sucedido. Mi cadáver aparecería calcinado al día siguiente en el interior de un vehículo, con mi identificación y alguno que otro efecto personal que permitiera comprobar que se trataba de mí. Todo el mundo creerá que se trataba de la venganza del comité de disciplina.
— Esto es lo que debes saber por el momento — dijo, poniéndose de pie. — Pronto, por supuesto, te pediremos que hagas algo por nosotros. Sabrás mucho más cuando te encuentre por fin a salvo. Debo marcharme para asegurarme de que nada pueda fallar. Recuerda que nos marcharemos antes de las cinco. Será mejor que duermas todo lo que puedas. Nos esperan días emocionantes…
Antes de abrir la puerta sacó del bolsillo de su gabardina un pesado revólver cromado que me entregó. me instruyó brevemente sobre su operación y me dijo que era nada más que una precaución, que en realidad no iba a usarlo.
— Los muchachos están en la habitación contigua, por si necesitaras algo.
No eran todavía las ocho cuando al fin se marchó. Apagué la luz y me recosté a pensar en todo aquello que había pasado con tal rapidez que no había tenido la oportunidad de digerirlo. Me sentí desolado. Curiosamente, cuando mi vida corría peligro, cuando estaba al borde del abismo, lo que más me preocupaba era lo que había dejado en mi habitación a la que sabía que nunca podría volver y donde quedaban mis libros, mis escritos, mi máquina de escribir, mis notas… Todo perdido para siempre. Y aunque no hacía ni dos horas que lo había abandonado, sentía ahora como si aquel cuarto estrecho del tercer nivel fuera, a pesar de todo, de las circunstancias, de los peligros y la angustia, el único lugar donde me había sentido vivo y que podía considerar un poco como el hogar. Rememoraba esa vida privilegiada que parecía encontrarse a galaxias de distancia y, pese a todo, no la extrañaba. Sentía que no había vivido en una casa y con una familia, sino convivido con los huéspedes de un inmenso hotel.
De pronto las palabras de Castro, lejos de aliviarme, me hacían sentir una angustia mayor que la de todos los días pasados, como si detrás de estos nuevos acontecimientos siguiera manifestándose la misma oscuridad, las misma tinieblas informes, insaciables.
Observaba los lívidos reflejos sobre el metal plateado del revólver y terminé tomándolo con una sensación de inexplicable desagrado, como si no fuera necesario siquiera oprimir el gatillo, que su sola presencia ya significaba otra cosa. Repasé las instrucciones de Castro, quité el seguro y volví a ponerlo, extraje el tambor y le quité las largas y pesadas balas que en la casi oscuridad parecían brillar como el oro. Sopesé el revólver, oprimí varias veces el gatillo, como familiarizándome con él por si, pese a todo, se diera el caso. Volví a meter las balas dentro del tambor y dejé el revólver sobre la mesita de noche.
Pero conforme pasaban las horas y yo seguía sin dormir la angustia se fue transformando en otra cosa, en una casi visceral aprensión que me obligó a cerrar la puerta con llave y a asegurarla con una silla y, por último, a quitarle el seguro al revólver. Estaba seguro de que esa noche no iba a dormir. Pero bastó con que encendiera el televisor para que, sin demasiado esfuerzo, terminara por quedarme profundamente dormido.
Cuando desperté, una débil claridad penetraba ya por la ventana. Todavía sin salir del todo del sueño, pensé que debía ser todavía temprano y que podría quedarme otro rato más en la cama, como si ya hubiera olvidado todos los eventos del día anterior y me sintiera en un lugar seguro. El televisor estaba apagado, pero no recordaba haberme levantado para apagarlo. El detalle comenzó a inquietarme, pero traté de alejarlo de mi mente y al fin me levanté. No creía haber dormido más de tres o cuatro horas, pero me sentía curiosamente descansado. Fui al baño donde apenas si me lavé la cara.
De regreso en la alcoba, volví a colocar el seguro al arma, que guardé en el bolsillo de mi chaqueta y, de manera instintiva, conté el dinero que me quedaba, lo suficiente para sobrevivir dos o tres días más. Sonreí pensando que probablemente sería la última vez que tendría que preocuparme por algo e incluso sentía ya la anticipación de un generoso desayuno que compensara las malas y escasas comidas de los últimos días.
Por la ventana, la ciudad bajo la lluvia lucía más sombría que de costumbre. Llovía muy recio, pero la calidad de la luz tenía algo distinto, algo siniestro, pensé. Estuve a punto de levantar las persianas para que entrara la luz del día, pero recordé que no era algo muy prudente, así que me senté en la cama a esperar que llegaran por mí.
Pero los minutos fueron pasando y fue entonces que advertí que afuera cada vez estaba más oscuro. Cuando encendí el televisor comprendí por fin que nos aproximábamos no a la mañana, sino a la noche, que faltaban pocos minutos para las seis de la tarde. Tardé unos segundos en darme cuenta de que estaba bañado en sudor frío y sin pensarlo metí mi mano en el bolsillo de la chaqueta para quitar el seguro al revólver mientras abandonaba la habitación. La puerta frente a la mía estaba abierta, pero en su interior no había nadie. Descendí hasta el sótano pero nada, ni rastro del enorme automóvil blindado. Sentí que hacía un esfuerzo sobre humano para no hundirme en el negro foso que se abría bajo mis pies. De pronto todo parecía una negra y viscosa pesadilla de la que no podía despertar. Empuñé la pistola y me hundí en un rincón oscuro para ocultarme mientras caía por completo la noche para perderme entre la lluvia y la gente.